El lunes pasado, mientras este país curaba la resaca de la borrachera mundialista, Raúl ejercía de turista del montón y padre ejemplar en la playa de Binissafúller. Al estilo de Gabilondo, Mercedes Milà y tantos otros personajes populares habituales de los veranos menorquines, el capitán del Real Madrid disfruta de la discreción propia de su integración en el paisanaje. Con el salabre en la mano, comandando la tribu de niños a su alrededor, Raúl parecía ausente a todo aquello que no fuera el ocio veraniego y marinero en mayúsculas. La hemorragia de euforia que recorría los titulares de prensa del día le eran forzosamente ajenos pero no indiferentes, era el primer Mundial que no disputaba desde que jugaba como futbolista profesional, el primero que ha seguido por la tele, en algún caso camuflado entre la marea albiceleste del bar del Aeroclub. Había en su rostro algún signo de frustración y en sus piernas quedaba sitio todavía para las patadas que no ha recibido en los campos de Sudáfrica. Ha sido imprescindible, indiscutible, el capitán y carismático delantero de la selección y este lunes consolaba el repentino olvido y las dudas sobre un futuro de balón que se aventura ya breve y en el extranjero. La euforia abre siempre un resquicio para ver el otro lado del escenario, el del silencio y la iconoclasia de un país que ahora ya sólo tiene ojos para los chicos de oro.
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