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Al margen

La duquesa

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Las personas inteligentes saben que el dinero sólo sirve de verdad para una cosa: para no tener que preocuparse de él, para no tener necesidad de dedicarle un solo minuto, un solo pensamiento. El dinero, en efecto, sólo sirve positivamente para eso, a condición, claro, de que no sea mucho, sino lo justo para cubrir las necesidades básicas, entre las que, desde luego, pueden figurar las vinculadas a un cierto refinamiento: viajes, libros, tiempo, libertad... Sentado esto, sentado lo más cómodamente posible, la cuestión sería: ¿Es inteligente la Duquesa de Alba? La respuesta vendría dada por la constatación de lo mucho que se ha preocupado por el dinero, a fin de acrecer sus inmensas riquezas sin ton ni son.

Dejando a un lado la obscenidad que supone tanta riqueza en unas solas manos, cuando al menos diez millones de otras manos se hallan vacantes y vacías por no tener en qué emplearse, que ya es dejar de lado, turba de esta señora que heredó las rapiñas de tantos títulos nobiliarios agregados a su Casa, la apabullante indiferencia que parece sentir por la pobreza que la circunda. Pero si eso turba, perturba absolutamente que tantos de los que hozan en esa pobreza se fascinen con su ocurrencia de casarse en edad tan provecta con un señor delgadito, decisión ésta de casarse tan respetable y legítima como carente de interés. En las residencias de ancianos menudean los casorios entre los albergados en ellas, y la cosa no pasa de un pequeño convite y una ronda de pasodobles ejecutados por los mayores, eso sí, a la perfección.

Si la limosna hace al pobre, es muy probable que las duquesas hagan la chusma que celebra, hoy con la inestimable ayuda de la televisión, sus pamplinas. No se celebró ayer que esa señora, literalmente podrida de dinero, decidiera repartir algo del muchísimo sobrante que atesora con aquellos a los que, en puridad, les llega ya el agua al cuello, sino un bobo aquelarre que nos retrotrae a los tiempos más severos de nuestra historia.

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