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Cita a ciegas

Erratas

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Errata. Del pl. lat. errata «cosas erradas». 1. f. Equivocación material cometida en lo impreso o manuscrito.

En plena tarea de correctora ortotipográfica, me encuentro este verano buscando (inevitablemente) las faltas que habitan cada texto y llamando a todas las formas de expresión con los términos que usa este arte: suena el telefonillo y yo solo veo un gran signo de exclamación (detrás del cual, por cierto, igual que en el caso del signo de interrogación, nunca se escribe un punto: ya lo lleva incorporado el propio signo).

Otro ejemplo de esta manía: tras el resultado electoral del pasado 26 de junio, en mi cabeza solo aparece la palabra «errata» una y otra vez, pero no hay bolígrafo (rojo) posible, porque así es este juego de las urnas: los que votan (y los que no) han decidido/reincidido. El asunto es que hay erratas colectivas que no son tan fáciles de corregir como una tilde olvidada, unos puntos suspensivos (que, por cierto, siempre son tres y solo tres) o una hache fuera de lugar. Son esas erratas que necesitan cuatro años (mínimo) para ser reparadas (otras, toda una vida) y obligan a una sociedad maltrecha como la nuestra a cambiar primero por dentro para poder enmendarlas después. Tal vez, no estábamos preparados todavía para (r)evolucionar hacia otro tipo de comunidad porque no estaba aún lista la semilla; tal vez, tampoco los que proponen una democracia más democrática estuvieran todavía preparados para hacer llegar clara y directa su propuesta a un país que tolera, amablemente y por miedo al miedo, la corrupción crónica y la dictadura económica que favorece a unos pocos (ellos incluidos) por encima de la dignidad social de la mayoría. O tal vez, esta posible errata sea cosa de Titivillus (en la imagen, en una miniatura del siglo XIV, cortesía de Wikipedia), el «demonio patrón de los escribas» (porque siempre hay que echarle la culpa a alguien), al que he descubierto en este afán de corrección lingüística que me gobierna en la época del desgobierno.

Parece ser que este demonio que trabajaba al servicio de Lucifer, según contaba la leyenda en el medievo, se encargaba de robar salmos, sílabas y palabras a los monjes copistas —los únicos guardeses de la letra manuscrita entonces—, y estaba obligado a llenar su bolsa de erratas mil veces cada día. Después, Titivillus la volcaba en el infierno (otro recuento de votos), y anotaba en un libro los fallos junto al nombre del monje infractor correspondiente, para leer ese listado el día del Juicio Final. Nadie se librará de sus fechorías (ya se sabe) y los escribas no iban a ser menos: parece ser que a los monjes, esta figura demoniaca y su látigo castigador, les sirvió para esmerarse en su labor y copiar con más atención los textos.

Pero también hay erratas constantes, diarias y más livianas y subsanables en el corto plazo: hagamos un repaso y salvemos (unidos) las redes sociales (por empezar por alguna parte) del terrorismo ortográfico y gramatical ahora que se escribe y se lee (en teoría) más que nunca. Rosario Raro enumeró en Talleres islados su *Herraticida contra esta plaga, con ejemplos (para el uso del castellano) como el que sigue: «Un 'sobretodo' es un abrigo, gabán, capa, pelliza, chambergo, chaquetón, zamarra, pero no, un 'sobre todo' no protege nada del frío». Otro ejemplo del mal de las erratas, visto hace unas semanas en esa jungla del lenguaje llamada Facebook: «*Que vómito *esta las fiestas de *menorca». No diré el nombre del autor porque es lo de menos, no es cuestión de castigar aquí a nadie, con sus circunstancias particulares (para eso está Titivillus y su lista), solo lo transcribo para ilustrar que, en este mundo hipercomunicado en tiempo real, podemos dejar de entendernos si no cuidamos las palabras y los signos de puntuación que utilizamos: no es lo mismo decir «No voy a tu casa», que «No, voy a tu casa» (ding, dong). El autor de aquel comentario sobre las fiestas (de Sant Joan, en ese caso) se llenó enseguida de insultos y réplicas en su muro y no entendía la reprimenda hasta que alguien, por fin, acertó a traducir lo que esta persona había intentado expresar que era algo así como: «¡Qué bonitas son las fiestas de Menorca!». Son, casi siempre, malas pasadas del corrector automático de estos móviles inteligentes pero guasones (que también carga el diablo, ya que estamos apocalípticas): ¿cuántas voces no hemos escrito casas en el WhatsApp que no eran exactamente como queríamos? Titivillus ha encontrado un filón tecnológico, de eso no hay dada, duna, luna, ¡duda!

El corrector de los procesadores de texto tampoco es aconsejable casi nunca (y menos en un caso a escala nacional): es siempre preferible la corrección manual, letra por letra, palabra por palabra (líder por líder). Así que la recomendación de esta escriba, tanto para erratas colectivas como para los errores de todos los días, es leer, leer y leer. Y leer. Leamos con celo (preferiblemente, libros: suelen estar más mimados que la prensa escrita, ya sea impresa o digital) y cuando nos surjan dudas sobre un «hay, ahí o ¡ay!» o un «porque, por qué, por que, porqué» o un «haya o halla», busquemos qué es lo correcto en cada caso: tenemos diccionarios en línea de reales academias y páginas de consulta maravillosas a un clic, como si fueran genias salidas de lámparas (en castellano, el buscador urgente de dudas de Fundèu, por ejemplo, guarda antídotos para casi todo). Y si, a pesar del empeño (como puede que haya ocurrido en este mismo artículo), se cuela alguna errata de las fácilmente reparables (las de largo plazo requieren de más ajustes), le echaremos la culpa, claro, al tal Titivillus.

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