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Cita a ciegas

Lucia Berlin y el punto de vista

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"Manual para mujeres de la limpieza» (publicado en castellano por Alfaguara, con traducción de Eugenia Vázquez Nacarino y en catalán, por Albert Torrescasana para L'Altra Editorial) es mi tercera recomendación veraniega y, además, es el título de uno de los cuarenta y tres relatos que dan forma a esta obra. La autora es la estadounidense Lucia Berlin, nacida en Alaska en 1936 y aunque el lanzamiento y su éxito mundial llegaron en 2015 —diez años después de la muerte de la escritora, que falleció el mismo día de su 68 cumpleaños—, el libro sigue instalado en mi mesilla de noche: no he podido arrancarlo de ahí, me calma como a ella, durante años, le calmaba la botella.

Las recopilaciones de relatos yo las suelo abrir al azar. Empiezo casi siempre buscando el más breve y si me convence, sigo. Con «Manual para mujeres de la limpieza» también lo hice así (leí «Mi jockey») y no me conquistó. Lo dejé aparcado hasta que un día decidí darle otra oportunidad, pero comenzando desde el principio... Y comenzó mi adicción. Me fui encontrando, relato tras relato, con una historia casi completa, casi real, casi cronológica, casi perfecta hasta la última palabra, como un puzle que la lectora tuviera que ir componiendo de la mano de un personaje protagonista casi identificable con la propia Berlin.

Su alcoholismo, los distintos lugares donde vivió (Chile, México, Nueva York...), una madre que la odiaba y que ella, de algún modo, admiraba y una hermana enferma de cáncer, sus maridos (tuvo tres), sus hijos (tuvo cuatro), sus trabajos (tuvo montones, desde limpiadora de hogar hasta profesora universitaria) y otros rincones de su intensa biografía son el cemento de unos textos sin protocolos que, a pesar de la dureza de lo que cuentan, están llenos de amor por la vida, de ironía y de ingenio. Nada importa si las vivencias son reales o ficticias, lo importante es que son literarias (y, por tanto, verdaderas). «Exagero mucho», confesó la autora, «y a menudo mezclo la realidad con la ficción, pero de hecho nunca miento». Sea como sea, esta antología ya se ha traducido a más de veinte idiomas: un éxito póstumo que encaja también en el puzle de Berlin.

Además de su estilo limpio y del ritmo con el que va marcando cada párrafo, «Manual para mujeres de la limpieza» podría titularse también «Manual para futuros escritores», porque contiene claves de la creación de (buenos) relatos. Esas claves están al aire en títulos como «Punto de vista», relato que hemos analizado alguna vez en mis talleres de escritura. En él comienza citando a Chéjov, un maestro para ella y cuyos cuentos completos, por cierto, tendríamos que recomendar cada verano (y cada invierno). La narradora parte de Chéjov para hablar de su personaje, Henrietta, que se va convirtiendo, a medida que avanza, en otro alter ego de esta autora que se empeñó en el cuidado por los detalles:

«Imaginemos 'Tristeza', el cuento de Chéjov, en primera persona. Un anciano explicándonos que su hijo acaba de morir. Nos sentiríamos turbados, incómodos, incluso aburridos, y reaccionaríamos precisamente como los pasajeros del cochero en el relato. La voz imparcial de Chéjov, sin embargo, imbuye a ese hombre de dignidad. Absorbemos la compasión del autor por él, y nos conmueve en lo más hondo, si no la muerte del hijo, el hecho de que el viejo termine hablando con el caballo.

Creo que en el fondo es porque somos inseguros.

Quiero decir que si les presentara así a la mujer sobre la que estoy escribiendo...

'Soy una mujer de cincuenta y tantos años, soltera. Trabajo en la consulta de un médico. Vuelvo a casa en autobús. Los sábados voy a la lavandería y luego hago la compra en Lucky's, recojo el Chronicle del domingo y me voy a casa', me dirían: eh, no me agobies.

En cambio, mi historia se abre con: 'Cada sábado, después de la lavandería y el supermercado, Henrietta compraba el Chronicle del domingo'. Ustedes escucharán todos y cada uno de los detalles compulsivos, obsesivos y aburridos de la vida de esta mujer solo porque está escrita en tercera persona. Caramba, pensarán, si el narrador cree que hay algo en esta patética criatura sobre lo que merezca la pena escribir, será que lo hay. Seguiré leyendo a ver qué pasa.

En realidad no pasa nada. La historia, de hecho, ni siquiera está escrita todavía. Sin embargo, aspiro a que, a fuerza de minuciosidad en el detalle, esta mujer les resulte tan creíble que no puedan evitar compadecerla».

El cuento continúa, igual que continuará ampliándose el repertorio de Berlin este otoño con una doble dosis de lo que nos resta conocer de su obra: un volumen con otros veintiún cuentos que llevará por título «Una tarde en el paraíso» y unas memorias inacabadas («Welcome Home»). Sospecho que ambos acabarán pasando también una larga temporada en mi mesilla de noche.

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