Si no fuera porque en nuestra familia siempre fue tradición llevar flores a los muertos el primer día de noviembre, tal vez yo no lo haría. Es verdad que algunos años no fue posible o me dio pereza, pero estoy más contenta y descansada si cumplo y voy. Los meteorólogos desaconsejaban salir de casa y anunciaron que los cementerios se cerrarían a las dos del mediodía. Por eso estuve toda la mañana debatiéndome entre si salía o no salía, convencida de que, en caso de hacerlo, me caería encima una buena. Pero si es por mis muertos, no le temo a la lluvia. Vamos allá, me dije. Y con unas rosas blancas en una mano y el paraguas en la otra, partí. Me subí al autobús y en seguida me di cuenta de que era la única pasajera. El conductor y yo nos saludamos amablemente. Las dos tumbas que visito están un poco alejadas entre sí; por eso me apresuré mucho al notar que las primeras gotas caían ya sobre mi cabeza. Los paraguas son un engorro cuando tienes prisa y las manos ocupadas. Allí no había nadie; solo un policía en la puerta que me miró como diciendo: ya son ganas, señora… Me pareció muy raro estar completamente sola caminando entre las tumbas porque este es un día en el que suele haber mucha gente arriba y abajo con macetas de crisantemos y gladiolos. Pero en el fondo me alegré porque como ya sabía que se me escaparían algunas lágrimas, mejor hacerlo sin que nadie te vea. Me desesperé un poco. Pero también es cierto que el hecho de tener ya a tanta gente amada del otro lado me da tranquilidad. Solté mi breve discurso y deposité cada una de mis rosas blancas en el lugar indicado. Al salir vi un cartel de servicios funerarios: «Que no caiga en el olvido». No, esto no pasará jamás, me dije. Entonces me di cuenta de que había dejado de llover y cerré el paraguas.
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