¿Se imagina que siempre que nos diera por contar algo, una anécdota sucedida tiempo atrás, esa historieta que sin excepción hace las delicias del público, en la mente de nuestros interlocutores se desplegara la película de lo que verdaderamente sucedió? ¿Qué sería de todas nuestras batallitas si tuviéramos que prescindir de adornos o exageraciones, si tuviéramos que ceñirnos a la estricta realidad? Sería insoportable, además de peligroso. Todos trabajamos de guionistas en la película de nuestra existencia, editamos el metraje para crear los efectos deseados. Amamos la narración por encima de los hechos; los hechos son solo el material con el que trabajar. Está de moda decir que ahora todo el mundo trata de venderte su relato -lo cual es cierto-, pero siempre fue cuestión de suministrar historias, de alterar los hechos para hacerlos más digeribles o divertidos, más emocionantes o aterradores. Al final, de la literatura nace lo más terrible, sí, pero también lo más sublime. Por eso siempre tenemos que estar en guardia.
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