Del 28 de junio al 18 de julio estuvimos en Argentina, un país que son muchos países. Pasamos por las provincias de Río Negro, Buenos Aires, Tucumán, Salta y Jujuy, vivimos todos esos contrastes. Me crucé con algunos argentinos con ganas de conocer mis impresiones sobre el país. Por lo general, terminaban hablando más ellos que yo. El nombre del presidente argentino se colaba en todas las conversaciones. Un jubilado de Buenos Aires me dijo, en un restaurante frente al cementerio de la Recoleta, que se trataba de un mal necesario. Nos hicieron escoger, dijo, entre unos ladrones y un loco, y elegimos a este último. En mitad de un asado, un abogado de Tucumán me explicó que era lo que la República necesitaba después del desastre peronista. Subiendo a Las Salinas Grandes, en la provincia de Jujuy, un policía retirado de Neuquén me aseguró que el presidente era la punta de lanza de una invasión sionista en toda regla. Los judíos se están haciendo con toda la Argentina, me susurró como si el Mosad anduviera al acecho. Ese mismo día, un camarero del hostel en el que nos quedábamos se quejó de los precios de todo y de que el presidente no pensaba en ellos. Aquí no supe si se refería a las gentes del norte del país o la población indígena de aquellas tierras.
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