Hace tiempo que se dice que «Francia se ha vuelto una nación ingobernable» y es posible que así sea, a tenor de su sangrienta historia. Pero le ocurre lo que a España, Portugal, Italia o Grecia, economías fallidas, pueblos orgullosos y poco productivos con una clase política penosa. Se había acostumbrado Francia a presumir de su ‘grandeur’, pero en la inauguración de sus Juegos Olímpicos vimos en realidad en qué se ha quedado la segunda potencia europea. Un país devorado por el wokismo, dirigido por un psicópata inútil que se niega a dejar paso al siguiente y que prefiere jugar a los cromos con todas las opciones políticas en mandatos que no llegan a cumplir un año con tal de mantenerse en el Elíseo, con aires de aprendiz de Napoleón.
Medio siglo de políticas equivocadas, la obligación moral de abrir las puertas a todos los desahuciados de sus antiguas colonias y últimamente unas alianzas internacionales terribles le han llevado a la quiebra. Pero ahí sigue Emmanuel Macron, erre que erre, empeñado en sumergir a su antaño gran nación en otra gran guerra mientras distrae al personal con invitaciones a trabajar en días festivos, recortar servicios de salud pública y ampliar la edad de jubilación. Que todo eso lo tendrán que hacer, por supuesto, pero solo si antes deciden cortar por lo sano con el absurdo gasto militar y con la ridícula aventura de intentar mantener íntegra una territorialidad ucraniana que ya es historia.
Macron no es un líder, nadie le quiere, solo él lo cree porque le da palmaditas en la espalda el inepto del otro lado del canal de la Mancha y el que hace como que dirige las cosas en Berlín. Qué desgracia tener que tragar con todos estos esbirros de Rothschild y Blackrock.