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Más o menos la cosa sigue igual

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Mucho se habla del cambio climático. En un principio no lo podía creer. Son tantas las cosas que cambian y han cambiado y que ignoro sobre ese tema que aún hoy no he encontrado el quid de la cuestión. Eso es un decir. Hallé respuesta en el viento; la tramontana de hoy nada tiene que ver con la de mi infancia. En ocasiones, fueron muchas las ventoleras vividas, duraba una semana, lo sé con seguridad al tener relación con ir a la escuela.

Les explico: Siete días seguidos debía cambiar el rumbo de la calle de san Sebastián, plaza Miranda, la del mercado, pescadería, tirando hacia la plaza de la parroquia hasta llegar a la calle San Roque alcanzando la academia Cervantes. Por el contrario, con la climatología normal, subía Santa Catalina, calle del Carmen, frente al colegio La Salle, Anuncivay, hasta alcanzar la iglesia de Santa María, san Roque llegando al colegio regentado por el Sr. Gomila.

Nací y viví en la calle de Santa Catalina, por cierto jamás escuché que a la santa se la llamase Caterina ni mucho menos el motivo de haber bautizado aquel tramo de carrer con el de la santa según cuentan historias de la modernidad y quiero pensar que algo de cierto habrá y mucho de fantasía también. Después de la plaza de San Fernando, mas tarde conocida por todos como de Augusto Miranda, se encontraba una extensión de campos con sus caminos o desviaciones para ir de un lugar a otro sin necesidad de ir saltando paredes ni botadors de còdols algo que en la Isla todos los hemos visto y aún se encuentran algunos, aunque medio derruidos. Continúo...

Aquellas extensiones bordeaban las actuales «Mirandas». Debió ser un paraje precioso, se imaginan el mastodonte de la residencia sanitaria, con su altura y anchura que alguien con un mal gusto espantoso se atrevió a levantar y al cabo de los años, otros pensaron en tapiar las ventanas, las mismas que daban al segundo puerto natural más grande del mundo. No tan solo se divisaba la ladera norte, hasta llegar a La Mola promontorio, propiedad de D. Miguel de Vigo a su vez amo de la finca de san Antonio. Fue en el año 1850 que se le expropio por 12.000 duros y se convirtió en la Fortaleza de Isabel II que había atraído al Imperio español. Si bien antes de pertenecer al señor Miguel de Vigo, fueron muchos los que poseyeron el peñón. La cosa sigue igual; se cambian las cosas, unas por otras cuando el dicho dice: «Qui barata es cap sa grata».

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