Visto lo visto, y puesto que parece imposible romper la lógica de los bloques, propongo a las partes en disputa que renuncien a las iniciativas propias. Total, basta que una parte airee una bandera para que la otra, inmediatamente, airee la contraria. O mejor aún: propongo que empiecen a defender lo contrario de lo que realmente piensan. No por cinismo, sino como estrategia para avanzar en algo. Imaginen a un partido de derechas defendiendo la reducción de la jornada laboral, enfatizando el lado amable de la inmigración o amplificando las advertencias sobre el cambio climático. O, si lo prefieren, imaginen a un partido de izquierdas proponiendo una rebaja generalizada de impuestos a las grandes fortunas, bajo el argumento de que así el dinero circulará mejor y el mercado, sin trabas, sabrá autorregularse. Pudiera ser que, ante semejante giro, la derecha se lanzara a exigir una fiscalidad progresiva y a la izquierda, en cambio, le diera por alertar sobre el descenso de la productividad si tocamos las horas de trabajo. Sería un espectáculo digno de ver. Y, quién sabe, quizá de este modo se podrían alcanzar algunos acuerdos.
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