Cualquiera de nosotros que haya alcanzado una cierta edad recordará el empeño de nuestros padres por conservar los elementos del hogar, sea vajilla, ropa, adornos o muebles. Les habían costado buenos dineros al adquirirlos, cuando los ingresos eran muy escasos en la mayoría de los hogares, y no estaban dispuestos a desperdiciarlos mientras les proporcionaran el servicio para el que estaban destinados. Apenas se producían variaciones con el paso de los años.
La siguiente generación ya no fue tan parca y se permitió caprichos que sus ascendientes miraban con una cierta reprobación. Habían bajado los precios, a la par que la calidad; había muchas incitaciones para la compra y, por tanto, tampoco causaba pesar el desprenderse de lo que se iba acumulando. Era mucho lo que entraba en las casas y había que dar salida a los accesorios de los que un día nos cansábamos.
Esta tendencia se ha ido acentuando a medida que pasan los años. Las familias que disponen de un sueldo o dos, al menos medianos, gastan y renuevan sin medida, porque ha calado el ansia del disfrute, porque se ha desprestigiado el apremio del ahorro, las viviendas han reducido su espacio y los saltos de un lugar a otro son incesantes. Confort, volatilidad, baratura, propensión al cambio, deseo de llamar la atención, el señuelo de compras compulsivas en el sector joven, elevación del nivel de vida, culto a los objetos, exigencia de diversiones, moral hedonista y materialista… Ya lo registraba Gilles Lipovetsky en un difundido ensayo: «La moda se halla al mando de nuestra sociedad; en medio siglo la seducción y lo efímero han llegado a convertirse en la principal organización de la vida colectiva moderna; vivimos en sociedades dominadas por la frivolidad». Su libro «El imperio de lo efímero» fue escrito hace cuarenta años: ¿qué diría hoy a la vista de lo que predomina en los hogares bienestantes?
Bien es verdad que no todos se comportan de la misma manera. Un segmento de nuestra sociedad es consciente de que estas conductas son perjudiciales para las personas y para el entorno, que de esta manera se dilapida sin conocimiento, que con semejante obsesión no se llega a ninguna parte, que se pierde por el camino lo que podría aportarnos provecho personal y social, que el lema «reducir, reutilizar, reciclar» deberíamos adoptarlo como una meta indeclinable.
A poco que lo pensemos, caeremos en la cuenta de que es imprescindible corregir determinados comportamientos en beneficio de todos. Consumimos cantidades ingentes de plástico, que en una elevada proporción no son reciclables; compramos ropa sin parar, que desechamos antes de hacer un uso razonable; nos hemos aficionado a las toallitas de papel, para las que se necesitan millones de árboles y las soltamos al momento con serios problemas para el alcantarillado; desperdiciamos alimentos a toneladas, con todo lo que cuesta producirlos y elaborarlos: frutas y verduras que exigimos sin defecto alguno y con un grado de madurez óptima, lo que elimina una cantidad considerable.
Por desgracia nos está resultando difícil llegar a esa conciencia ecológica que es señal de identidad de las sociedades más avanzadas. Usar y tirar parece ser la consigna y eso se traslada hasta extremos impensables: esas mascotas a las que somos tan aficionados y de las que nos hartamos pronto; esos amigos que utilizamos mientras nos convenga su cercanía. Por no hablar del desapego hacia las personas discapacitadas, enfermas, mayores. Cada uno a lo nuestro y, cuando no nos sirven, que se busquen la vida.