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A verlas venir

Deprisa, que no llegamos a la fiesta

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Allá por el mes de abril entra el apremio de la operación bikini, porque el verano se halla a la vuelta de la esquina. Pronto pisaremos julio o agosto y las playas o montañas que ponen a nuestra disposición y nos sumergiremos en los festejos que pueblos y ciudades dedican a sus patronos. Llega el mes de septiembre y comenzamos a ver signos de que asoma la Navidad, signos que se agudizan en octubre. Al poco la ola se toma un respiro, porque solo faltan tres o dos semanas para Halloween y es necesario hacer acopio de disfraces, calabazas y telarañas. En cuanto se agota tan españolísima mascarada, por la que simulamos reírnos de esa ineludible muerte que tanto nos asusta, nos lanzaremos en picado a los preparativos para los distintos rituales que se articulan en torno a la Navidad.

Es lógico este afán de esperar con alegría la llegada de las fiestas y cualquiera de nosotros comparte la necesidad de expandir su ánimo durante unos días, incluso sustanciándolas con el espíritu religioso que se halla en su origen. Lo que sorprende en nuestro tiempo es la disparatada prisa que corroe a la población por llegar a ellas, como si se concentraran en la próxima celebración todas las aspiraciones que puede albergar el ser humano. Almacenamos los alimentos que nos dicta el capricho, compramos a todo trapo cualquier artilugio, aunque no le veamos maldita utilidad, pero no cabe en ninguna cabeza que Papá Noel o los Reyes puedan penetrar por el balcón con las manos vacías.

Pero, si sorprende esta premura en la preparación es porque no se trata de un anhelo natural en esa proporción tan atosigante, sino que es inducido por los afanes comerciales, incluso políticos, que se nos quieren imbuir. La publicidad martillea nuestra sensibilidad, siempre presta a dejarse seducir por lo que se nos ofrece adornado de un goce estimulante que rompe la monotonía y el cansancio en aras del jolgorio, la cuchipanda, la regresión infantil… Bastan unas luces esplendorosas, unas tiendas tentadoras, unas incitaciones al consumo, incluso al despilfarro, para que nuestra mente desarrolle ilusiones, siempre superiores a lo que la realidad nos presentará, como bien sabemos por repetidas experiencias.

No es cuestión de privarse de este deleite, que constituye una grata ruptura con el orden y las obligaciones que nos abruman. El sociólogo Gil Calvo afirmaba que «los seres humanos hacemos fiestas porque gracias a ello nos sentimos mejor y llegamos a hacernos mejores: tanto en capacidad de trabajo y organización social como en bienestar corporal y capacidad de hacernos felices unos a otros», lo que es una necesidad antropológica y biológicamente evolutiva. A su juicio, «los pueblos mediterráneos presentan unas manifestaciones festivas mucho más desarrolladas que las nórdicas o centroeuropeas, lo que suele atribuirse tanto a factores geográficos o climáticos como a herencias históricas y culturales (…). Y, dentro de los pueblos mediterráneos, destacan por su exageración festiva los que habitan la península ibérica» (en «Estado de fiesta», 1991).

Nada que oponer al equilibrado disfrute, porque es lo que nos pide el cuerpo y lo que necesitamos de cuando en cuando, pero sabiendo volver la espalda a las incitaciones que nos llegan de quienes solo aspiran a estimular el gasto y el desenfreno: a veces importando fiestas ajenas. ¿Cuánto falta para que copiemos la fiesta de Acción de Gracias y nos dispongamos a comer el pavo?

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