Mira que si este sórdido asunto del acosador sexual Francisco Salazar, exasesor y presunto íntimo de Pedro Sánchez desde los heroicos tiempos de las primarias del PSOE, y que al igual que Ábalos y Cerdán iba para alto cargo de la Secretaría de Organización, acaba siendo la kriptonita de Sánchez. El último clavo. Tantos años resistiendo lo irresistible, con el eficiente apoyo de esos tres sujetos (él mismo lo cuenta en su manual de resistencia), y caer al final por las guarradas de un gilipollas. Cuando Ábalos entró en prisión, y Sánchez aseguró que en realidad solo le conocía políticamente, no personalmente, frase tan desafortunada que le perseguirá mientras viva igual que a Rajoy «ese señor del que usted me habla» dedicado a su íntimo tesorero Bárcenas, pensamos que quizá en política no hay amigos, solo conocidos y desconocidos. O conocidos que se vuelven desconocidos de la noche a la mañana, de manera que tras años de estrecha relación, con asesoría, no tienen idea de cómo son, ni de su vida privada o personalidad propia, suponiendo que tengan, y de pronto todos les salen rana, como a Esperanza Aguirre. Qué sorpresa, menudo disgusto. Sánchez ignoraba que Ábalos, Koldo y Cerdán eran como eran, solo conocía su faceta política y no la personal, pero el caso de este Salazar, asesor de la Moncloa y acosador sexual en dicho lugar de trabajo, es aún peor, porque las acosadas ya habían denunciado en julio las cochinadas de este sujeto, y nadie les hizo ni puto caso en el partido del feminismo. Nadie hizo nada, tampoco ahora, cuando llevan ya más de una semana disculpándose, pidiendo perdón y lamentando su mala gestión del turbio asunto. El presidente Sánchez no ha dicho que desconociese la vida personal de Salazar y su modo de ser, pero ha aparecido otra explicación igualmente obtusa, aunque más tecnológica. El sistema se ofuscó, y las denuncias de las mujeres que el sucio asesor contrataba y acosaba, fueron olvidadas. ¡Ofuscación! Ofuscación es la cuestión. Ofuscar es oscurecer, pero ojo, oscurecer por deslumbramiento, como la liebre ante los faros de un coche. El sistema, deslumbrado y cegado por exceso de luz, se ofuscó. Lo que faltaba. Tanto resistir para esto.
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