Cantar villancicos es una de las tradiciones más bonitas de Navidad. En general, transmiten paz y alegría. Son expresiones comunitarias que no nos conviene perder. Me refiero a los creyentes, aunque como expresión musical tengan un espíritu universal y acogedor. Es tiempo de hermandad, de los mejores deseos y de compartir con familiares y amigos. Sin olvidar a los más necesitados, que cada día son más.
«Fum, fum, fum» es un villancico de orígen catalán, de los más populares en toda España. En castellano: humo, humo, humo. Podría decir «llum», que suena parecido, pero los pastorcillos se solían reunir alrededor de una hoguera «abrigadets, abrigadets». Comían «ous i botifarra» (aún no se había inventado el turrón). Quedan pocos pastorcillos en este mundo industrializado y urbanita.
Joan Amades, destacado etnólogo y folklorista, publicó en 1952 el «Costumari Català» (Editorial Salvat), obra de cinco volúmenes sobre las tradiciones y costumbres en las tierras de lengua catalana. Según él, dicho villancico tiene sus orígenes en los siglos XVI o XVII. La versión más antigua está anotada en los Maitines de Navidad de Prats de Llusanés, municipio de Barcelona.
Podríamos cantar muchos anhelos este «25 de desembre». Que se acabe la guerra en Ucrania y otras partes, que terminemos con la división y el enfrentamiento, que consigamos una vivienda digna o que el amor venza al odio y el bien al mal. Fum, fum, fum…