La tala de árboles en el barrio de la Calatrava en Palma puede parecer un tema menor comparado con el aumento brutal de alquileres al que se enfrentan tantas personas este 2026, muchas de las cuales irán directamente a la calle y sin alternativa. Pero la tala de esos árboles ilustra muy bien lo que se vive y percibe en los barrios: decisiones tomadas y ejecutadas de espaldas a los vecinos.
Las asambleas y concentraciones han puesto de manifiesto que para los vecinos esos árboles tenían un significado y una utilidad importante. Solicitaron los informes técnicos sobre el estado de los árboles a los que tenían derecho como parte afectada, pero no los recibieron. La sospecha de que la tala podía ser un servicio al hotel de 5 estrellas que se quejaba de los árboles no es nada raro a la luz de la experiencia colectiva. Pero al final ya no era una cuestión de árboles sino de cómo y para quién se gobierna.
Los vecinos salieron a la calle a las 6 de la mañana con el ruido de las motosierras y las luces de la policía que ya se encargó de impedir que accedieran a la tala. Ahora vigilan la reposición del arbolado y evitar que la plaza se convierta en una terraza de bar de lujo para el hotel, pero sobre todo en hacerse respetar, en defender su territorio y sus intereses colectivos, en su derecho a decidir, incluso a equivocarse. Ese es el común denominador de muchas luchas sociales, hablemos de árboles o de vivienda, de pensiones, de territorio o de identidad en este simulacro de democracia.