Notable cinta (Jean-Pierre Jeunet, 2001) que nos recuerda algo que el capitalismo contemporáneo se empeña en ocultar: la felicidad reside en disfrutar de lo que tenemos y no anhelar un dinero de imposible obtención. Decía Alicia Mateos (U.H., 19/12) que el Gordo no soluciona la vida. Las cifras lo confirman: entre el 60 por ciento y el 70 por cienot de los ganadores de grandes premios dilapidan su fortuna en menos de una década.
Los datos demuestran que no genera bienestar, sino que aumenta los divorcios, las depresiones y las adicciones. Pero el sistema necesita vender la bondad de la riqueza, aunque sea estadísticamente falsa. Publicidad, redes sociales, cine y literatura insisten en que cualquiera puede hacerse rico si se esfuerza lo suficiente. Cuando no ocurre, el fracaso se individualiza: no es el sistema el que falla, es la persona la que no se esforzó lo suficiente. Así se normaliza la esclavitud del trabajo, llevarle el café al jefe, renunciar a la vida familiar y disponibilidad permanente y absoluta; todo a cambio de una recompensa futura inverosímil.
Conviene distinguir entre metas alcanzables y quimeras. Voy a cumplir 75 años y soy minusválido: aspirar a batir el récord mundial de salto con pértiga sería quimera. Sin embargo, se presenta como razonable que una persona pobre llegue a ser millonaria. En Estados Unidos, la supuesta meca de las oportunidades, la probabilidad real de hacerse millonario desde la pobreza se sitúa entre el 0,001 por ciento y el 0,0001 por ciento. Es decir, una probabilidad similar a morir en un accidente aéreo, ser alcanzado por un rayo o ganar una medalla olímpica. No es un horizonte real, es una excepción estadística. Hoy el mundo cristiano celebra el nacimiento de Cristo, y es conocida su advertencia sobre la riqueza. Amélie propone algo alcanzable: encontrar la felicidad en lo cotidiano, en los vínculos y en las pequeñas cosas. Feliz Navidad, amigo lector; disfrute de lo que tiene.