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Mirando atrás sin ira

El compromiso de los comunistas

| Menorca |

Cuando emprendimos el relanzamiento del Partido Comunista en Menorca, a inicios de los años setenta, nos propusimos organizar a un grupo de personas dispuesto a elevar la conciencia social, fomentar el pensamiento crítico y crear las mejores condiciones para que la cultura democrática y los derechos humanos fueran hegemónicos en el mundo del trabajo, la juventud, la cultura, las mujeres, los profesionales y los pequeños empresarios.

Todo nuestro desarrollo se basó en la praxis del Manifiesto-Programa del PCE, en coordinación con el Partido en las islas y en estrecha conexión con intelectuales y personas comprometidas en Cataluña. Gracias a esas relaciones pudimos desplegar nuestra labor política.

Éramos una organización clandestina que, durante los primeros años, funcionó bajo estrictas medidas de seguridad en los encuentros de las células: nunca nos reuníamos en la misma casa ni en el mismo pueblo, y a menudo encontrábamos facilidad para hacerlo en sacristías templos religiosos. Nuestros gastos se cubrían con las aportaciones de cada militante; jamás recibimos dinero que no procediera de militantes o simpatizantes.

EL APARATO DE PROPAGANDA y edición era completamente clandestino y desconocido incluso para la mayoría de las militantes. Nuestro sistema de seguridad funcionaba a la perfección. Los clichés que recibíamos llegaban por vías muy diversas, nunca por el mismo canal ni con las mismas personas. En algunas ocasiones me tocó traerlos personalmente en avión. Recuerdo un día en que me pidieron abrir la bolsa y me cachearon: revisaron cada detalle de la bolsa y de mi vestimenta, pero no fueron lo suficientemente astutos como para revisar el ejemplar de La Vanguardia donde los clichés estaban escondidos entre sus páginas. Otra anécdota eran los sobres que llegaban por correo al buzón de Antoni Verger, periodista del «Menorca» que vivía en la calle Norte de Maó. Yo tenía la llave de su buzón particular —no la del Consulado Italiano— y acudía dos veces por semana, los días en que creía que podían llegar los envíos. Esto solo lo conocíamos Darío Olives (Martín), de Palma, y yo. T❑ni Verger, periodista y amigo, quiso afiliarse al PCE, pero le respondí que su servicio de «correos» era ya la mejor forma de militancia.

Creo que el trabajo que realizamos junto a Miguel Vanrell, Miguel Sintes Andreu y Matilde Gomila en aquellos primeros años contribuyó a que la policía nunca tuviera plena certeza de nuestra militancia. Les resultaba difícil comprender que nuestro trabajo se desarrollara de forma tan pública en la Obra Cultural y en actividades abiertas, aprovechando el limitado espacio legal que permitía el franquismo. En la primavera de 1974, Miguel Vanrell y yo estuvimos a punto de ser detenidos por una denuncia en la Dirección General de Seguridad, a raíz de la intervención de Fraga en el tema de la Albufera. La intervención de Josep Meliá Pericás y de Climent Garau, de la OCB, frenó la denuncia.

Nuestra militancia política siguió siendo clandestina hasta que iniciamos los primeros contactos para poner en marcha la Junta Democrática de Menorca. Fue en esas reuniones donde nos mostramos abiertamente los militantes del PCE y los miembros de CCOO, como en el encuentro celebrado en enero de 1975 en Fornells.

LA CREACIÓN DE LA JUNTA tuvo un valor fundamental: por primera vez, personas de distintas ideologías de izquierdas asumimos conjuntamente los puntos de la Junta Democrática de España y nos coordinamos con Mallorca, Eivissa y con el ámbito estatal. Esto permitió que empresarios y profesionales conectaran con colectivos de todo el país y tomaran conciencia de la necesidad de organizarse en un partido o colectivo político para participar en encuentros estatales con fuerzas republicanas y socialistas.

Aquella red facilitó también una excelente conexión con el doctor mallorquín Manuel Mora, con el equipo de Tierno Galván y Raúl Morodo en Madrid y con socialistas de Valencia, Andalucía y Cataluña que no pertenecían al PSOE.

Nosotros, los comunistas menorquines, considerábamos imprescindible que existieran otras organizaciones políticas que cubrieran un amplio espacio para avanzar hacia una alternativa unitaria capaz de lograr una ruptura democrática con el sistema franquista.

HAY INTERPRETACIONES históricas que hoy intentan narrar otros relatos que no se corresponden con la realidad de 1973-75, cuando el miedo al compromiso político y a caer bajo leyes represivas llevaba a muchos a abstenerse de participar en nada que pudiera poner en riesgo su trabajo, su familia o su economía, y menos sentarse con comunistas para acabar con la dictadura. Por eso valoro y reconozco a todas aquellas personas que dieron el paso y se enriquecieron con otras experiencias de lucha que se estaban produciendo en todo el Estado en el seno de las diferentes organizaciones de izquierdas, nacionalistas y republicanas. Aquellos compañeros y amigos fueron la semilla de movimientos como el MSM, USO, AAVV y PIME.

De aquellas luchas, encuentros y actividades sociales surgieron entendimientos y un respeto hacia las diversas alternativas políticas, y, de paso, un reconocimiento hacia quienes militábamos en el PCE. Por ello, cuando algún elemento ultra o neofascista, con su entorno de basura mental, me llama «comunista» como insulto, no me afecta en absoluto. Porque, para mí, ser comunista en Menorca durante aquella larga etapa significaba defender a los trabajadores, a las mujeres, a la juventud, a los pequeños empresarios, a los profesionales y al mundo de la cultura, así como la protección del territorio.

Ser comunista en aquellos años no era una ganga: implicaba renunciar a muchas cosas personales y sentirse observado en toda la vida pública con bulos y mentiras para dañar a la persona y a toda la organización. Era cierto que teníamos cerrados los puños, pero abríamos las manos totalmente limpias.

El debate que se dio más tarde era entre ruptura y reforma. Ganó la reforma, todo estaba atado y bien atado, de aquellos barros, estos lodos.

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