Ignoro si es una cuestión generacional, de multiculturalidad o simple degeneración de la convivencia, pero desde hace unos años parece que hay que tragar con todo. La mala educación –o falta de educación– campa a sus anchas y es la policía quien tiene que acabar interviniendo para imponer lo más básico: civismo y respeto al otro. Algo que mis padres y abuelos llevaban grabado a fuego en la sangre desde que nacieron y que nos transmitieron como la ley más sagrada: no molestar, no ofender, no ponerle zancadillas a nadie. Fijarse en los que van por delante para aprender de ellos y fijarse en los que van por detrás para echarles una mano. Esto tan simple ha desaparecido. Problemas vecinales se multiplican en cada edificio e incluso acaban a martillazos o puñaladas. Ensuciar todo a tu paso parece ser lo más normal del mundo y cuando habíamos conseguido que los perros dejaran de cagar todas y cada una de las aceras de Palma, lo que hallamos ahora son vomitadas, comida basura a medio masticar, envases de todo tipo y escupitajos repugnantes. Lo de las motos es otra historia: una puñetera pesadilla. El imbécil de turno que pasa a diario de madrugada a escape libre y la nueva moda de las concentraciones moteras de tarados que compiten por ver quién contamina más con su mierda y quién hace más ruido para joder. Lo lamentable de todo esto es que se creen divertidos y entrañables y no son más que anormales incapaces de ponerse en el lugar del otro: el que intenta dormir, el que sufre dolor, el que tiene a un bebé o a una mascota que se aterroriza. Con sorna te llaman «amargado» y te dicen que te vayas a vivir al monte. No. Son ellos, los que no saben convivir, quienes deberían irse bien lejos.
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