La relación entre compañeros de oficina, de taller o de supermercado, por poner tres ejemplos, está expuesta a desencuentros puntuales o prolongados hasta generar graves alteraciones en el estado emocional y efectos en la productividad que normalmente no se resuelven hasta que se denuncian.
El que se ha enquistado en el área de Deportes del Consell no es extraordinario por más que implique a un político y a un funcionario, lo que en una empresa privada vendría a ser una hostilidad descontrolada entre el dueño o el gerente de la empresa y uno de los empleados a su cargo.
En cambio sí supone un procedimiento, cuanto menos discutible, el elegido para resolver el problema, favorecido por la generosidad con la que se maneja el dinero público. Salvo que la institución insular lo desmienta, la contratación de un coach externo que factura 250 euros a la hora por cada una de sus sesiones, supone un desembolso de 6.250 euros porque las diez primeras no han bastado para recuperar la armonía necesaria en la Conselleria. Ha sido preciso contratar quince sesiones más, de lo que se puede colegir que o bien están a punto de citarse en la calle y liarse a mamporros los dos protagonistas, incapaces de hallar un espacio mínimo de convivencia, o bien que el trabajo del coach requerido va al ralentí, aunque vista la ampliación de sus servicios en la Conselleria de Cultura y Deportes opinan lo contrario. Saldría mucho más a cuenta, quizás, hacerle un contrato fijo.
Seguro que empresas privadas de tamaño medio profundizan en la búsqueda de otras soluciones antes de incurrir en dispendios de este tipo para solventar conflictos similares. En el Consell han optado por un profesional externo lo que aún despierta más extrañeza porque se hace difícil entender que entre su extensa plantilla y numerosos recursos no existan los adecuados para evitar otro gasto prescindible.