Todos hemos escuchado las historias del frente en el día de Navidad. Franceses y alemanes saliendo de sus trincheras durante la Gran Guerra para cantar juntos villancicos, mirando a los ojos a aquel otro ser humano; el intercambio de tabaco entre compatriotas -quizás vecinos- nacionales y republicanos durante nuestra Guerra Civil. Las guerras, las de verdad, distan mucho de parecerse a la de Gila, pero no dejan de encerrar todas las paradojas que nos son propias a los homo sapiens. Hoy toca parar la guerra, también la que se libra en las columnas de opinión. Y no será porque me falten asuntos para excitar mi natural propensión a hacer bailar los dedos sobre el teclado, pero eso hoy puede esperar a jueves venideros. Incluso musulmanes y judíos debieran entender eso, que merece la pena esperar, si no al nacimiento del Redentor de los cristianos, sí al resurgimiento de la luz sobre las tinieblas, al glorioso e invicto Sol de nuestros ancestros romanos.
Uno de los asuntos navideños que más sigue desconcertándome es el del masivo y voluntario pago de impuestos al que se entregan los españoles durante el mes de diciembre. Existe la misma probabilidad de que a uno le toque el gordo de la Lotería que de que Sánchez deje de mentirnos, pero pese a ello millones de mis compatriotas se han gastado una media de hasta 120 euros estas Navidades en comprar estampitas numeradas para engordar la cuenta de la ministra de Hacienda. Les aclaro que yo tampoco soy inocente de esta sangre, pues me resulta inevitable jugar, aunque sea solo con la esperanza de algún mísero reintegro, por solidaridad con alguna causa social o, sobre todo, para evitar quedar con cara de gilipollas si les toca a todos mis compañeros del trabajo. Casi todo ello, en el fondo, completamente irracional. La lotería es la estafa piramidal del Estado, y si no es penalmente perseguible es porque no hay engaño por parte del estafador al estafado, aunque sí sugestión publicitaria basada en la grosera manipulación de nuestros más bajos instintos ludopáticos y supersticiosos. 3.500 millones de euros recauda el Gobierno con esta movida, de los que reparte menos de 2.800 en premios. El saldo, pues, es de 700 millones para la caja del autor de este tocomocho oficial.
A los fiscalistas del Estado se les ocurrió en su día la genial idea de que los primeros premios, en el fondo, constituían un incremento de patrimonio y, como tal, debían ser gravados, por lo que Hacienda les birla a los agraciados otros 180 millones. Lo que me pregunto es por qué a estos maestros iluminados del saqueo todavía no se les ha ocurrido convertir la declaración anual del IRPF en otro sorteo. Así acabarían con el dinero negro, porque yo les aseguro que si un español supiera que, presentando y liquidando cuentas con Hacienda en junio, tiene la posibilidad remota de obtener un pelotazo tipo bote del Euromillón, habría más colas en la Delegación de Cecilio Metelo que en la administración de doña Manolita.