Cuando un partido político llega al poder se las ingenia para aupar a los amigos. Alegarán que se lo han merecido por la ayuda que le han prestado, porque sienten afinidad con ellos, porque quieren establecer un cordón sanitario frente a quienes pueden entorpecer sus decisiones o porque desean asegurarse su fidelidad a la cúpula. Perciben que estarán prestos a saltar cuando reciban las órdenes pertinentes, sin plantear dudas ni discrepancias. Ante esa actitud, parece lógica la elección, basada en la cercanía y la complicidad, pero ¿realmente lo es?
En verdad, lo pertinente sería rodearse de las personas que se hallan más preparadas, técnicos expertos en las materias que tratan, a ser posible funcionarios, puesto que conocen la dinámica de la administración y están acostumbrados a seguir las indicaciones que formulen los dirigentes políticos. Bien entendido que no se trata de seguirlas a ciegas, porque su verdadero patrón no son ellos, sino los ciudadanos. Tampoco es pedir demasiado.
Quienes están al tanto de cómo funcionan los ministerios comprueban de qué manera se rodean los ministros de asesores (los llaman así, pero en la mayoría de los casos son paniaguados, una especie de comisarios políticos a las órdenes directas del gran jefe). Y no crean que cada uno elige a un par, pues son cientos los que han sido incorporados a estas enigmáticas tareas. Había que darles una colocación y ¿acaso hay alguna mejor que esa?
Leire Díaz, licenciada en Comunicación, no había pasado de concejal en su pueblo, pero alguien la trajo a Madrid para trabajar para el partido en unas actividades encubiertas. Pronto fue premiada con un alto cargo en Correos (bien retribuido, unos cien mil euros al año), sin que se le conociera alta preparación para dicho cometido. Después ya pasó directamente a realizar misiones más discretas y solapadas. Hasta que se descubrió la función que desempeñaba en realidad, no precisamente de carácter periodístico (aunque haya proclamado que investigaba para escribir un libro).
¿Qué conocimientos tenía Koldo García para servir, más que asesorar, a un ministro? Por lo que ha trascendido no era más que un grandote chico de los recados, a veces alcahuete, recompensado con puestos en Consejos de Administración de empresas relevantes. Bien pagados, cabe suponer. ¿Y qué conocimientos poseía la responsable de emergencias en la Comunidad Valenciana, Salomé Pradas? Ni estudios o experiencia específicos en esta materia, ni gran interés por aprender lo básico para hacer frente a un fenómeno atmosférico que inundó a docenas de pueblos alrededor de Valencia. Ni siquiera fue capaz de tomar la decisión que pedía el sentido común en quien se hallara medianamente informado de lo que estaba pasando. Por lo que parece, ni calibró las consecuencias de lo que le llegaba a su gente ni fue capaz de tomar la iniciativa en algo tan elemental como difundir la alerta a la población.
De lo que se trata, pues, es de colocar a los amigos en puestos vistosos y bien remunerados. Eso es lo que está ocurriendo ahora en los partidos que tienen el poder nacional o autonómico, pero pueden tener la seguridad de que si gobernara otro partido en dichos ámbitos y se mantuvieran en el poder unos cuantos años (cuando se relajan los controles y se aprenden las mañas) ocurriría con exactitud lo mismo e igualmente se verían sobrepasados por los casos de corrupción. Me juego el sueldo que recibo de este diario.