Quisiera empezar recordando algunas ideas de las muchas que contiene el excelente libro de Guillem López Casanovas L’ economia de Menorca, presentado en Mahón y Ciudadela los pasados días 2 y 3 de enero. El libro es una exposición del momento que atraviesa hoy la isla, de sus antecedentes inmediatos y de los asuntos que quedan por resolver. La primera idea es que Menorca es una entidad perfectamente definida por límites físicos, y que por ello merecería quizá tratamiento especial en algunos aspectos (derechos de acceso a la vivienda, limitaciones a la circulación…) como otras regiones han logrado, y como Menorca ya disfruta en el tratamiento de la insularidad para el transporte. La segunda idea es que no cabe esperar una ayuda del gobierno central para resolver el exceso de visitantes durante la temporada alta, porque esos visitantes aportan divisas que ayudan a equilibrar nuestra balanza corriente. Por consiguiente, el único medio de abordar esos asuntos es el diálogo entre los habitantes de la isla. ¿Fácil? A primera vista debería serlo, porque aquí todos se conocen. Pero aquí, citando ahora una frase de López Casasnovas «la mayoría calla». ¿Será cierto lo que dice Javier Melero en un reciente artículo, que en los lugares pequeños «no hay menos egoísmo, hay menos anonimato»?
No es bueno ser tan pesimista. Recordemos, eso sí, que el diálogo es indispensable; no seamos excesivamente críticos con los políticos, primero porque entre ellos hay de todo, y segundo porque son el resultado de nuestros votos. Una vez más, no hay más remedio que entendernos entre todos. ¿Qué puede uno aportar a la tarea de abordar esos asuntos pendientes?
Desde ahora, Menorca ha de abordar ciertos cambios. Se trata en muchos casos de imponer limitaciones: al número de vehículos que circulan, de casas que se construyen, de pisos que se alquilan…pensemos siempre en cuál será el futuro de la isla si el movimiento de los últimos años prosigue al mismo ritmo. Los cambios son necesarios y es urgente emprenderlos. Habrá quien gane y habrá quien pierda con cada uno de ellos; quienes ganen con un cambio quizá pierdan con otro; un cambio podrá significar una gran pérdida para unos pocos y un beneficio insignificante para muchos; a veces, pérdidas y ganancias podrán medirse en euros; otras veces no, de tal modo que las compensaciones monetarias no serán suficientes para solucionar todos los conflictos. No, los mecanismos del mercado no bastarán para resolver la situación. Sin embargo, siempre es bueno empezar con una lista de beneficios y perjuicios. Al hacerla tengamos presente que los cambios no afectan sólo a los ingresos, a la renta, sino también al capital, al patrimonio que es la isla. Algunas actuaciones afectan de forma permanente el valor de ese patrimonio: el Camí de Cavalls lo aumenta, porque facilita recorrer toda la costa de la isla; determinadas obras públicas, o algunas intervenciones urbanísticas lo reducen, porque afean el paisaje. Los cambios no tienen suma cero: a lo que ganan unos y pierden otros hay que añadir el efecto producido sobre lo que hace el atractivo de la isla, un aspecto esencial de su patrimonio. Ese efecto, positivo o negativo según los casos, es lo que aumenta o reduce lo que se llama el bien común, que no es un concepto abstracto, sino algo que experimenta cada uno de nosotros: es el bien de estar juntos, la satisfacción de llevarse bien unos con otros.
Cuando el forastero se pregunta de dónde saldrán la energía, la paciencia y la generosidad necesarias para abordar esos cambios, cree percibir en Menorca una fuerza que puede ayudar a resolver muchas dificultades: es el amor al país. Muchos quieren y han querido a Menorca: lo vemos al recorrer el Museo de Menorca, al leer la Enciclopedia de Menorca (¿existe un equivalente en otra isla?), las muchas obras que sus artistas han dedicado al paisaje menorquín y a su gente, los que han escrito sobre su historia, la arquitectura vernácula… al percibir esa fuerza, el forastero recobra la esperanza.
«Una cursilada», dirá el lector, curtido en mil batallas. No crea. Como ya dijo aquel gran poeta, el amor es el que «mueve el Sol y las demás estrellas».