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El cambio de color en la luz de las farolas divide a Europa: España discute si sumarse a la medida

Dinamarca y Gran Bretaña lideran una revolución lumínica que podría llegar pronto a territorio español por razones medioambientales

El objetivo es proteger el medio ambiente de la contaminación lumínica | Foto: Freepik

| Palma |

Las calles de varias ciudades europeas están experimentando una transformación visual sin precedentes que desconcierta a los transeúntes pero responde a criterios científicos rigurosos. Dinamarca y Gran Bretaña han comenzado a reemplazar la tradicional iluminación blanca o amarillenta de miles de farolas por una luz de color rojo intenso, una medida que parece extraída de una película futurista pero que tiene profundas implicaciones para la biodiversidad y la salud pública.

Esta iniciativa, que inicialmente puede resultar desconcertante para los vecinos, representa en realidad una estrategia avanzada contra la contaminación lumínica, uno de los problemas ambientales más subestimados de las últimas décadas. Los expertos ya señalan que España podría convertirse en el próximo país en sumarse a esta tendencia, dada su rica biodiversidad y su creciente compromiso con la sostenibilidad ambiental. El cambio responde a evidencias científicas acumuladas durante años sobre el impacto negativo del alumbrado público convencional en los ecosistemas nocturnos y en los ritmos biológicos tanto de animales como de seres humanos. La implementación de esta tecnología en territorio español supondría una revolución en la gestión del espacio urbano nocturno y podría marcar un antes y un después en las políticas de iluminación pública.

Aunque las bombillas LED se han promocionado como la solución definitiva al consumo energético en el alumbrado público, la realidad es más compleja. La mayoría de estos dispositivos emiten una cantidad considerable de luz azul, que corresponde a longitudes de onda cortas dentro del espectro electromagnético visible. Este tipo de radiación presenta características particulares que la convierten en especialmente problemática para el medio ambiente nocturno.

La luz azul se dispersa con mayor facilidad en la atmósfera, creando ese resplandor característico que se observa sobre las ciudades durante la noche y que los astrónomos denominan contaminación lumínica. Esta dispersión no solo dificulta la observación del cielo estrellado, sino que altera profundamente los ritmos circadianos de prácticamente todas las especies animales, desde insectos polinizadores hasta aves migratorias. Los municipios daneses que han liderado este experimento instalaron luminarias rojas especialmente en zonas residenciales y corredores ecológicos, áreas donde la interacción entre el entorno urbano y la naturaleza es más intensa. Los resultados preliminares han mostrado una reducción significativa en la mortalidad de insectos nocturnos y una mejora en los patrones de comportamiento de la fauna local.

Impacto en la salud humana

Los beneficios de esta transición lumínica no se circunscriben exclusivamente al reino animal. El ser humano es otro de los grandes afectados por la contaminación lumínica de espectro azul, aunque muchas veces no seamos conscientes de ello. La exposición a luz blanca intensa durante las horas nocturnas, especialmente cuando penetra en nuestros hogares a través de las ventanas, provoca consecuencias fisiológicas medibles. La luz azul inhibe drásticamente la producción de melatonina, la hormona del sueño, engañando al cerebro haciéndole creer que aún es de día. Esta interferencia hormonal genera una cascada de efectos negativos: dificultades para conciliar el sueño, fragmentación del descanso nocturno, fatiga crónica durante el día y, a largo plazo, mayor riesgo de desarrollar trastornos metabólicos, cardiovasculares e incluso algunos tipos de cáncer.

Por el contrario, la luz roja posee una longitud de onda más larga, cercana al infrarrojo, que apenas interfiere con la segregación natural de melatonina. Los vecinos que viven en las áreas experimentales de Dinamarca han reportado mejoras subjetivas en la calidad del sueño, especialmente aquellos cuyos dormitorios dan directamente a la vía pública iluminada. España se encuentra en una posición particularmente interesante respecto a esta tecnología. Nuestro país alberga una de las biodiversidades más ricas de Europa, con numerosos espacios naturales protegidos y una variedad de ecosistemas que van desde zonas mediterráneas hasta regiones atlánticas y de montaña. Sin embargo, también presenta algunos de los índices más elevados de contaminación lumínica del continente.

Esta paradoja se explica por una cultura de iluminación pública históricamente generosa, heredera de criterios urbanísticos que priorizaban la máxima visibilidad y la sensación de seguridad por encima de consideraciones ecológicas. Las plazas españolas permanecen intensamente iluminadas hasta altas horas de la madrugada, y muchas infraestructuras deportivas y monumentales mantienen proyectores potentes durante toda la noche. El debate sobre la adopción de iluminación roja está comenzando a ganar tracción en foros especializados de urbanismo sostenible y gestión ambiental. Varias comunidades autónomas con alta densidad de espacios naturales protegidos ya están evaluando proyectos piloto, especialmente en zonas de transición entre áreas urbanas y reservas naturales donde el impacto de la luz artificial sobre la fauna es más evidente.

No obstante, la implementación de esta tecnología enfrenta obstáculos tanto técnicos como culturales. El principal problema desde el punto de vista de la percepción ciudadana es que el ojo humano tiene una agudeza visual significativamente reducida bajo luz roja. Los fotorreceptores de nuestra retina, especialmente los conos responsables de la visión en color, funcionan de manera óptima con luz blanca o amarillenta. Bajo iluminación roja, la capacidad de distinguir colores disminuye drásticamente y la sensación general de visibilidad se reduce, lo que puede generar inquietud entre los vecinos respecto a la seguridad personal y vial. En las ciudades danesas donde ya se ha implementado, las autoridades municipales tuvieron que desarrollar campañas informativas exhaustivas para explicar que menor luminosidad blanca no equivale necesariamente a menor seguridad.

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