La Unión Europea (UE), concebida originalmente como un ambicioso proyecto de cooperación internacional para sanar las profundas cicatrices de las Grandes Guerras del siglo XX en el Viejo Continente, trata de mantenerse a flote en mitad de un agitado panorama. Sus cimientos, que durante décadas parecieron inquebrantables, muestran signos de tambalearse en un momento en que la vorágine de la política estadounidense, especialmente bajo la influencia del presidente Donald Trump, empapa cada rincón de la geopolítica global. Desde la compleja situación en Venezuela hasta las crecientes tensiones por el control del Ártico y el explícito apoyo a las protestas que, en estos días del arranque de 2026, hacen arder las calles de Irán, la hiperbólica y a menudo impredecible actitud de Washington pone aún más de manifiesto el discreto papel de los Veintisiete en el ámbito de la política internacional y las relaciones internacionales. Analistas internacionales coinciden en señalar que existen múltiples factores que explican por qué la voz de la UE no logra la relevancia esperada, incluso cuando la soberanía de territorios estratégicos como Groenlandia se debate en el tablero global.
Este contexto de incertidumbre generalizada se ve acentuado por la persistente sombra de la Administración Trump, cuyo enfoque de 'América Primero' redefine las alianzas tradicionales y genera con ello una profunda inestabilidad. Dinamarca, miembro de la Unión Europea desde 1973, forma parte de los 27 aunque históricamente ha mantenido una cláusula de exclusión voluntaria del euro y, hasta 2022, de defensa, que ha sido parcialmente revocada. Sin embargo, la presión estadounidense sobre Groenlandia, una isla ártica rica en recursos naturales, ilustra cómo los intereses de seguridad nacional pueden colisionar con la cohesión europea. En este escenario, donde se están sentando las bases de las relaciones internacionales que primarán en los próximos años, el tenue desempeño de Bruselas se atribuye a tres motivos fundamentales que analizaremos en profundidad.
La fragmentación en la toma de decisiones y la ausencia de una defensa común
Uno de los principales escollos que lastran la influencia de la Unión Europea en el escenario global es su propia naturaleza institucional. La UE, a diferencia de un Estado-nación, no es un país con un poder de decisión unívoco. Esta característica intrínseca implica que cualquier postura en política exterior o de seguridad debe ser consensuada entre sus veintisiete Estados miembros. La unanimidad requerida en muchas áreas críticas significa que la objeción de un solo país puede, y a menudo lo hace, hacer descarrilar cualquier iniciativa conjunta. Esta dificultad se ha visto agravada en los últimos años por el auge de movimientos claramente antieuropeístas y ultranacionalistas en varios países del club, que priorizan sus intereses nacionales por encima de la cohesión comunitaria. La ausencia de un ejército comunitario unificado es otra manifestación de esta fragmentación. Aunque existe la Política Común de Seguridad y Defensa (PCSD), su implementación depende en gran medida de las contribuciones voluntarias y la voluntad política de los Estados miembros, lo que limita su capacidad de acción rápida y contundente. La falta de una voz única y una capacidad militar cohesionada reduce drásticamente la capacidad de la UE para proyectar poder e influencia en crisis internacionales, dejándola a menudo como un actor reactivo en lugar de proactivo.
El tamaño geográfico y demográfico en el tablero geopolítico
Un segundo factor que contribuye al discreto papel de la UE es, paradójicamente, su tamaño. A pesar de ser una de las economías más grandes del mundo, el pequeño tamaño geográfico de Europa, incluso si se incluyen a exmiembros como el Reino Unido o socios adyacentes como Islandia, la sitúa en una evidente desventaja frente a los verdaderos gigantes geopolíticos. Al comparar la población o la extensión territorial del Viejo Continente con otras regiones del mundo, la disparidad se hace manifiesta.
Países como China, Rusia, o incluso potencias emergentes como Argentina y Brasil, poseen una escala territorial y demográfica que les confiere un peso intrínseco en el tablero geopolítico global. Esta diferencia de escala no solo afecta la percepción de poder, sino también la capacidad de movilización de recursos y la resiliencia ante desafíos externos. Asimismo la densidad de población y la interconexión de sus economías, si bien son fortalezas internas, pueden convertirse en vulnerabilidades en un mundo donde la proyección de poder a gran escala sigue siendo un factor determinante en las relaciones internacionales.
Las dependencias estratégicas y sus vulnerabilidades
Quizás como consecuencia en cierta medida de los puntos anteriores, la Unión Europea ha desarrollado una serie de dependencias estratégicas que limitan su autonomía y capacidad de maniobra. Durante largo tiempo, especialmente en el centro de Europa, la UE obtuvo abundante energía barata de Rusia, una situación que se reconfiguró drásticamente a partir de 2022 con la invasión de Ucrania decretada por Vladímir Putin. Esta dependencia energética no solo generó una vulnerabilidad económica, sino también una palanca política para Moscú.
En el ámbito de la seguridad y la defensa, Estados Unidos ha sido tradicionalmente el agente internacional que proporcionaba un apoyo esencial y una garantía de seguridad, algo que la Administración Trump acaba de poner en entredicho. Un fiel reflejo de esto es la exigencia del aumento del gasto militar a los países europeos que, como España, forman parte de la OTAN.
Finalmente, y no menos importante; la UE importa grandes cantidades de productos y bienes de consumo de China, lo que la expone a eventuales fluctuaciones y disrupciones en las cadenas de suministro globales. Cualquier impacto significativo en estas cadenas, como se ha visto en crisis recientes, tiene el potencial de afectar gravemente la estabilidad económica y social del conjunto de la Unión, evidenciando la necesidad urgente de una mayor autonomía estratégica.
La Unión Europea: constante evolución
La Unión Europea, desde sus orígenes en la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA) en 1951, ha sido un proyecto dinámico y ambicioso. Su objetivo fundacional era garantizar la paz y la prosperidad en un continente devastado por conflictos. A lo largo de las décadas, ha evolucionado desde una unión económica a una entidad política con competencias en áreas tan diversas como la justicia, el medio ambiente y la política exterior. Sin embargo, esta evolución ha sido un proceso complejo, marcado por la necesidad de equilibrar la soberanía nacional de sus Estados miembros con la integración supranacional. La UE se rige por un marco institucional único que incluye la Comisión Europea, el Parlamento Europeo, el Consejo de la Unión Europea y el Tribunal de Justicia de la Unión Europea. A pesar de sus logros, como el mercado único y la moneda común (el euro, aunque no todos los miembros lo adoptan), la estructura de gobernanza multinivel a menudo se percibe como lenta y burocrática, lo que dificulta una respuesta ágil a las crisis globales. La diversidad de intereses y prioridades nacionales sigue siendo un desafío fundamental para la consolidación de una voz europea unificada en el escenario mundial.
En respuesta a las crecientes incertidumbres geopolíticas y las dependencias mencionadas, el concepto de "autonomía estratégica europea" ha ganado terreno en el discurso de Bruselas. Este término se refiere a la capacidad de la UE para actuar de forma independiente en áreas clave como la defensa, la economía y la tecnología, sin depender excesivamente de terceros actores. La invasión de Ucrania en febrero de 2022 y la subsiguiente crisis energética, así como las tensiones comerciales con China, han acelerado el debate sobre la necesidad de esta autonomía. Sin embargo, lograrla es un desafío monumental. Implica una inversión significativa en capacidades de defensa, una diversificación de las fuentes de energía y materias primas, y un fortalecimiento de la base industrial y tecnológica europea. La coordinación entre los Estados miembros, que a menudo tienen diferentes percepciones de las amenazas y prioridades de seguridad, es crucial. La autonomía estratégica no busca el aislamiento, sino la capacidad de elegir socios y actuar con mayor libertad, lo que permitiría a la UE ser un actor global más influyente y resiliente frente a las presiones externas.
Impacto de la política exterior estadounidense en Bruselas y el futuro del Ártico
La relación transatlántica entre la Unión Europea y Estados Unidos ha sido, durante décadas, la piedra angular del orden liberal internacional. Sin embargo, la renovada presidencia de Donald Trump supuso un punto de inflexión en esta relación. Las críticas a la OTAN, la imposición de aranceles a productos europeos y el cuestionamiento de acuerdos internacionales generaron una profunda preocupación en Bruselas. La política exterior estadounidense tiene un impacto directo en la agenda europea, desde la seguridad en el flanco este hasta las relaciones comerciales con Asia. Desde este punto de vista la UE se encuentra en una encrucijada: mantener la alianza tradicional con Washington mientras busca una mayor independencia para proteger sus propios intereses y valores en un mundo multipolar.
Esta dinámica subraya la urgencia de fortalecer la cohesión interna y la capacidad de acción exterior de la Unión. Finalmente la región del Ártico, tradicionalmente vista como un área remota, ha adquirido una importancia geopolítica creciente en las últimas semanas. El deshielo polar, acelerado por el cambio climático, está abriendo nuevas rutas marítimas y haciendo accesibles vastas reservas de recursos naturales, desde hidrocarburos hasta minerales críticos. Esta situación ha desatado una carrera por la influencia y el control en la región, con potencias como Rusia, China y Estados Unidos mostrando un interés cada vez mayor.
La mención de la soberanía de Groenlandia, un territorio autónomo de Dinamarca (miembro de la UE), no es baladí. La isla posee una ubicación estratégica y recursos significativos, lo que la convierte en un punto de interés para la seguridad y la economía global. La Unión Europea, a través de sus miembros árticos (Dinamarca, Suecia y Finlandia), tiene un interés legítimo en la estabilidad y la gobernanza de la región. Sin embargo, la falta de una política ártica unificada y la competencia de otros actores globales limitan su capacidad para influir en las decisiones clave. La protección del medio ambiente ártico y la garantía de un desarrollo sostenible son también prioridades para la UE, que busca un equilibrio entre la explotación de recursos y la conservación de este ecosistema vital.
... soy europeísta de pro, y tengo esperanza en mi cultura del viejo continente... el que mantuvo la cabeza fría frente a las mentiras de la invasión de Irak, el viejo continente cuna de la democracia y el modo de vida occidental, de los derechos humanos y la cultura clásica... tenemos luces y sombras, pero cuando se pusieron de acuerdo en, por ejemplo, instaurar el EURO, salió bien y ahora es la moneda de referencia, lleva años poniendo nerviosos a los estadounidenses que ven que es mejor que el dólar... si lo pudimos hacer con la moneda única, lo haremos también con la fuerza de interposición europea, que deberíamos haber mandado ya a Groenlandia...