«Me encuentro una falta de respeto total hacia mí por parte de la asociación de familias de alumnos; y eso incluye mentiras y argumentos increíbles sin ningún tipo de lógica ni razón. Son mucha las familias válidas, pero unas pocas son suficientes para tumbar la dirección de un centro. Me siento maltratada, poco valorada, decepcionada... todo esto resume el desprestigio hacia el cargo y el menosprecio y agresión personal y emocional que siento». Este es el testimonio de una directora de un colegio público de Baleares que prefiere mantener el anonimato, pero que evidencia cómo la falta de respeto y autoridad hacia el profesorado merma un oficio que va perdiendo vocaciones.
Este relato encaja con el hecho de que el 79,4 % de los docentes de las Islas considere que se están incrementando las agresiones verbales o físicas por parte del alumnado, mientras que el 75 % piensa lo mismo respecto a las familias, según una encuesta elaborada por la Confederación de Sindicatos de Trabajadoras y Trabajadores de la Enseñanza (STE), en la cual está integrada el STEI.
«La gente piensa que tiene derecho a todo sin agradecer ni valorar las cosas buenas; se pretende hacer creer que todo falla, cuando no es así, y encima esto ocurre por detrás», añade la misma fuente. En el caso de Infantil y Primaria, estas faltas son mayoritariamente verbales. «Cada vez nos cuestionan más y opinan o piden con menos vergüenza», afirma otra maestra de un equipo directivo de un colegio. «Pienso igual, no podemos hacer nada sin que se nos cuestione. Llegaremos a dejar de hacer actividades y salidas», apunta otra docente. «En nuestra escuela han aumentado los casos a causa de alumnos con graves problemas emocionales», explica otra maestra.
Efectos nocivos
«Cada vez hay menos vocación por este cuestionamiento continuado. El horario y el sueldo están bien, pero hay menos interés por ser maestro. Si no, ¿por qué están vacías las listas de interinos?», lamenta la directora de la Associació de Directors i Directores de Infantil y Primaria de Mallorca, Joana Maria Mas, que tras más de treinta años dando clases, ha visto en primera persona todos estos cambios. «Cuando empecé las familias tenían ganas de que sus hijos progresaran y aprendieran; ahora eso no lo veo, y sus objetivos están en las antípodas de lo que debe fomentar la escuela pública», apunta.
En diversos casos se ha reportado que padres de países de Europa del norte se han negado a que sus hijos participen en la fiesta de Sant Antoni porque por ignorancia consideran que es una celebración «satánica». En otro caso, un padre pidió que su hijo no se mezclara con compañeros negros porque se declaraba racista. Para Mas, todo esto ocurre porque desde la política se exige a la escuela que haga lo que no se trabaja fuera de las aulas, como la igualdad, la tolerancia o el antirracismo. «La polarización y la crispación fomentan todo lo contrario», indica.
«En los últimos años, percibo que los alumnos no tienen filtros. Hace años según qué comentarios no te los soltaban, pero ahora se ha perdido ese respeto porque en las redes sociales se normalizan actitudes que luego reproducen», asegura el presidente de la Associació de Directors de Secundària, Joan Ramon Xamena. Esto es consecuencia de la influencia que ejercen sobre los jóvenes la forma de hablar de los youtubers, por ejemplo.
Este veterano profesor de instituto jamás ha sufrido ninguna agresión física, pero sí verbales, y especialmente salidas de tono, que cada vez son más recurrentes. Las faltas de respeto y que no tienen filtro a la hora de dirigirse hacia nosotros es algo que se comenta entre los directores», confiesa. «Ante estas situaciones debemos actuar como adultos y poner cordura», defiende..
Para lo que vale el mediocre sistema educativo del estado, mejor educación en casa: homeschooling o desescolarizacion, que en internet hay multitud de opciones para aprender carreras, oficios e idiomas, y los chavales que pierden el tiempo en la prisión escolar se quedan sin futuro.