Hoy hace 50 años, a las cinco de la madrugada, fallecía en el madrileño hospital de La Paz Francisco Franco Bahamonde, a los 82 años de edad. La muerte del Dictador, no por esperada, cerró una de las etapas más sombrías de la historia de España y abrió una época de libertades y democracia que ahora atraviesa también un momento crítico.
El luctuoso desenlace motivó la publicación, en unas pocas horas, de hasta dos ediciones del Diario Menorca, que ilustró su portada con una foto a toda pagina del Generalísimo y un expresivo «Franco ha muerto». El mismo mensaje póstumo que el presidente del Gobierno, Arias Navarro, transmitió ese mismo día por televisión y que este diario reprodujo en su integridad. Ya entonces se anunciaba que el todavía príncipe Juan Carlos de Borbón había aceptado el cargo que daba «garantía de continuidad a la obra del Caudillo».
El Diario Menorca reprodujo asimismo un mensaje del delegado del Gobierno, Pedro Pons Coll, dirigido a todos los menorquines, a quienes llamaba, «sobrepuesto a todo dolor, por encima de toda pesadumbre, a continuar la obra de Franco como la mejor manera de ser consecuentes y leales con el hombre que ha quemado su vida por la Patria». En este alegato, se le definía como el «nuevo Cid del siglo XX» para que así «gane batallas después de muerto con frutos de Paz, Grandeza y Libertad para todos los españoles». Acompañaba este texto una encuesta en la que alcaldes, senadores y los poderes eclesiales y militares de la época reaccionaban al fallecimiento de Franco, según titulaba el Menorca, el «creador de la España moderna. Toda una vida al servicio de la Nación».
Siete testigos vivos que desempeñaron un papel importante en la Transición y en los primeros años de la democracia en Menorca rememoran el histórico episodio de medio siglo atrás, la incertidumbre por el cambio y, sobre todo, la involución que perciben actualmente en la política y la sociedad española.
Josep Maria Quintana, jurista y escritor
«Se está imponiendo un neofranquismo que PP y PSOE deben frenar»
Cuando murió Franco, el jurista y escritor Josep Maria Quintana ejercía como profesor en el instituto Josep Maria Quadrado de Ciutadella. Ya para entonces estaba activamente comprometido con los sectores más politizados de Menorca que anhelaban la democracia, la autonomía y la lengua propia. Siguiendo el ejemplo de Cataluña, se esforzó en aglutinar los movimientos socialistas de la isla, la génesis de lo que después fue el PSM. «Estábamos preparados, viendo como la familia del régimen intentaba alargar su muerte, pero aquella noche no pasó nada. Me quedé en casa y desde la cama escuché a sus Majestades de España. Era un momento incierto, sí -rememora- pero sabíamos que la España triste y pobre de después de laGuerra Civil no era la misma del 75, donde ya se daban las condiciones económicas para implantar una democracia liberal». Una opción que finalmente se impuso «pese a los del búnker, a las facciones del ejército de formación franquista y al miedo que sentían los mayores de que, con el recuerdo aún reciente de la Guerra, volviera a pasar».
Ahora, medio siglo después, Quintana percibe «un importante movimiento no estrictamente español, sino de carácter mundial, desde Francia a Alemania o Suecia, que pretende modificar el sistema democrático e instaurar una especie de neofranquismo, inconscientes de que aquello conduce a una desgracia final. Da miedo ver como la derecha moderada pierde los papeles mirando lo que hace la ultraderecha». En este sentido, Quintana ve en la creciente inmigración el detonante que hace resurgir la ultraderecha «y esa vuelta a la lucha por la pureza de la raza», que debería ahuyentar al PP, pero que «hace que quiera imitarlos, lo que es preocupante». Pero también el PSOE «debería ser más consciente y no oponerse tan radicalmente a todo lo que impulsa el PP. PSOE y PP no pueden estar en desacuerdo en todo. Si no ceden, no habrá manera de devolver la estabilidad a la democracia liberal».
Paco Tutzó Bennàsar, primer presidente del Consell
«Es intolerable que PP y PSOE sean incapaces de alcanzar consensos»
El que fuera delegado del Gobierno y primer presidente del Consell insular, Paco Tutzó, dice que «la gran mayoría de personas de nuestra generación estábamos convencidos de que la muerte de Franco y la entronización de Juan Carlos a la Jefatura del Estado a título de rey finiquitarían el régimen y nuestro país dejaría de ser un verso suelto en el concierto de los países democráticos» europeos. Pero el cambio político, «que no fue un camino de rosas, lo facilitó -según Tutzó- el plan de estabilización de 1959 y el posterior desarrollismo de la década de los 60, que nos abrió a Europa y alentó las ansias irrefrenables de libertad». Asi, que el progresivo deterioro de Franco y su muerte «ya no cogió por sorpresa a nadie. Siempre confié que el franquismo sin Franco ya no era posible». Pero la situación, medio siglo después, «es mala». Tanto que Paco Tutzó no cree que fuera posible ahora alcanzar el consenso de la Transición. En su opinión, «es intolerable que los dos partidos de Estado que se han turnado en la gobernación de España en estos 50 años, debido al ruido y la crispación que existe entre ellos, sean incapaces de afrontar desde el consenso los serios problemas que sufre la sociedad en materia de vivienda, pobreza infantil, desempleo juvenil, la creciente desigualdad social, la inmigración ilegal o la emergencia climática. La clase política actual debería tomar ejemplo de nuestros constituyentes».
Joana Barceló Martí, primera presidenta del Consell
«La queja no lleva a ninguna parte, el cambio requiere implicarse»
La primera mujer en presidir el Consell de Menorca, Joana Barceló, estudiaba Bachiller cuando murió Franco. Recuerda que se suspendió el examen para el que se había preparado en clase y que se vivió «un fuerte contraste entre el luto tétrico oficial del Gobierno y la televisión pública y la celebración íntima de la gente en sus casas. Se abría un camino de ilusión y esperanza. Fue verdaderamente liberador», resalta. Más aún en hogares como el suyo, donde «empezaron a oirse los mítines de La Pasionaria y se intuía el cambio».
Medio siglo después, lamenta que la juventud no valore las «grandes oportunidades» que brinda la democracia que, «con todos sus conflictos y contradicciones, permite ser y hacer todo cuando deseamos. El cambio es brutal». Por ello, lamenta que sea tan dominante el malestar, «que entiendo que exista, pero el posicionamiento ideológico de queja no lleva a ninguna parte. Solo con implicación y luchando de forma colectiva es posible el cambio». A nivel político, Barceló critica que exista excesiva confrontación y que, en la calle, se perciba «mucha simplicidad» en las posturas divergentes, «cuando la vida está repleta de matices. La realidad es compleja y las respuestas también lo son. Y no son posibles sin acuerdo. Para que la democracia fuera posible, todos tuvimos que hacer muchísimas cesiones».
Antonio Casero, activista del comunismo
«El capitalismo está en crisis y urge regenerar la política en España»
Antonio Casero, activo antifranquista en Menorca, donde llegó a dirigir el Partido Comunista, recuerda estar esperando la muerte del Dictador desde julio de 1974, cuando Franco ya fue hospitalizado y se nombró a Juan Carlos como jefe interino del Estado. Su fallecimiento, «que retrasaron cuanto pudieron», fue celebrado por el comunismo menorquín, pero «conscientes de que era tan solo un obstáculo menos, pues teníamos todavía un largo camino hacia la democracia. Sabíamos que debíamos seguir luchando mucho porque dejaran de vernos como demonios y se ganaran espacios de libertad y normalización». Un escollo que ya vieron peligrar el 22 de noviembre de 1975, apenas dos días después de la muerte del Caudillo, cuando el rey Juan Carlos juró el cargo prometiendo «guardar lealtad a los principios del Movimiento Nacional. Y cuando terminó su intervención, todos los procuradores aplaudieron a Carmen Polo para agradecerle los servicios prestados». Así que «existía optimismo por la gran capacidad de movilización del movimiento obrero y del mundo de la cultura, pero también pesimismo por la fuerza que seguían teniendo los poderes fácticos. De la noche a la mañana, muchos franquistas se habían vuelto demócratas, pero aún veíamos nuestra vida peligrar y sabíamos que todos los problemas no iban a resolverse de golpe».
50 años después, Casero percibe «una fuerte crisis del sistema capitalista, en el que las oligarquías han desmantelado los colectivos sociales y han sembrado una cultura basada en el populismo y el desprecio a los partidos políticos. Y todo ello, unido al resurgimiento de una clase media joven que acepta los principios del neoliberalismo más cruel». Pero «es en las zonas con mayor precariedad laboral y pobreza donde más se manifiesta. Quienes lo sufren piensan que las oligarquías van a sacarles de esta situación, cuando el capitalismo ya no tiene respuesta a los problemas sociales y a las consecuencias del cambio climático». La solución, apunta, «pasa por la regeneración política de todos los estamentos del Estado», algo harto difícil, entiende Casero, porque «la corrupción es un mal endémico que ya está incrustado en nuestra sociedad».
Victoria Florit Escrivá, expresidente de Alianza Popular
«Ya es historia; cabe pasar página y no removerlo más desde el odio»
La expresidenta de Alianza Popular, Victoria Florit, tuvo conocimiento de la muerte del Caudillo a través de su difunto marido, que entonces era militar. «No teníamos miedo al cambio, pero sí lo vivimos con incertidumbre», recuerda. «Fue un desenlace esperado, que no sorprendió, aunque en casa nunca se hablaba demasiado de ello», apunta. Eso sí, el día que murió Franco sus hijos fueron quienes más lo celebraron, «porque se venían unos días de vacaciones». Pocos años después, Victoria entraría en política y uno de sus primeros quehaceres fue explicarles a sus compañeros de AP la aplicación de la Ley de Hondt que había dado al recién legalizado Partido Comunista (PCE) un concejal en el Ayuntamiento de Maó. «No acertaban a entenderlo».
La comitiva de Franco subiendo la cuesta de Ses Voltes desde el puerto de Maó en 1960.
| Fotos: SturlaA sus 83 años, Victoria Florit no oculta que su formación y educación fueron las propias de la época franquista, que ahora rememora «como una etapa más de la vida de la que cabría, de una vez, pasar página. Es historia y debe recordarse para que no se repita, pero ya está bien de removerlo. Es agotador». En su opinión, «hay que explicárselo a la juventud, como yo lo hago a mis nietos y bisnietos, pero sin odio. Conseguimos que los de uno y otro bando se dieran la mano, así que ya no debería envenenarse más el debate ni usarlo como motivo de confrontación. En esta vida hay que recordar lo bueno y olvidar lo malo. ¿Qué ganamos recordándolo una y otra vez? Nada».
Antoni Febrer Gener, exconseller, diputado y concejal
«La vida no se soluciona con la filosofía del ‘cara al sol’, sino trabajando»
El exconseller, exdiputado y exconcejal socialista Antoni Febrer se encontraba entonces en la Línea de la Concepción (Cádiz), ejerciendo de docente. «Me había trasladado allí con mi familia en septiembre y recuerdo llegar cada noche a casa, encender el televisor y seguir las noticias», relata. Así que vivió la noche del 20 de noviembre «como una anécdota largamente esperada. Lo celebramos con unos amigos, pero en petit comité pues, incluso hasta varios años después, te girabas para ver quién tenías detrás si hacías algún comentario en un bar». Ese es, de hecho, el aspecto que, echando la vista atrás, más lamenta Febrer. «Los franquistas no terminaron con la muerte de Franco. Entiendo que, con la democracia aún reciente, Suárez no pudiera hacer una revisión histórica de la Dictadura, pero sí debió haberla hecho el PSOE en las dos legislaturas con mayoría absoluta de las que disfrutó el Gobierno de Felipe González. No fueron tan valientes como debían», critica. No obstante, los disculpa en parte por la cruenta batalla que entonces tuvo que lidiar el Estado con el terrorismo de ETA. «Era de los que creían que aquello se terminaría con Franco y fue a la inversa. Todavía se acrecentó aún más».
Medio siglo después de la muerte del Dictador y con varios años ya transcurridos desde que se jubiló, Antoni Febrer echa en falta que se tardara tanto, «hasta Zapatero», en revisitar la historia y poner en marcha leyes de memoria democrática que «acabaran con los nostálgicos del franquismo y desenterraran a muchas de las miles de víctimas que aún yacen en las cunetas de las carreteras».
De ahí que aún se arrastre «un déficit de conocimiento», que inunda las aulas. «Los jóvenes que piensan que votando a VOX van a tener una casa gratis están obviando el apoyo que prestan a una ideología tan contraria a la democracia», dice, «preocupado. Quienes piensan que todo se resuelve con la filosofía del ‘cara al sol’ no pueden estar más equivocados, pues solo se avanza en la vida trabajando y con solidaridad».
Joan Febrer Rotger, sacerdote y teólogo
«La democracia no resuelve los problemas y está involucionando»
El sacerdote Joan Febrer recuerda haber oficiado una boda en Santa Maria de Maó el mismo día que Franco murió. Como era costumbre, le invitaron al convite y «uno de los asistentes pidió silencio, preocupado, por si nos oían, a lo que otro saltó de repente: ¡Qué va, brindemos!». Es una anécdota que, dice, «refleja perfectamente lo que se vivió, entre la tristeza de quienes seguían identificados con el régimen y los que estábamos contentos por abrir una nueva etapa». Medio siglo que Febrer considera «positivo, pues se instauró un régimen parlamentario, se terminaron las restricciones y la censura y se recuperaron las libertades. Pero la democracia no es una varita mágica que resuelve todos los problemas, sino un sistema participativo que debe renovarse para no caer en lo que tenemos ahora. La democracia es vigente y para nada debemos añorar tiempos pasados, pero hay que acabar con la confrontación permanente en política».
El teólogo ve «con preocupación la involución democrática que estamos experimentando hacia regímenes más autoritarios. Por eso, urge a hacer examen de consciencia y revisar qué tiene harta a la sociedad, sin una visión maniqueísta de buenos y malos. Los valores de la democracia son universales y son los que cabe preservar desde un amplio consenso».
Una de las etapas más sombrías de la Historia de España fue la de la Segunda República, con sus asesinatos indiscriminados, sumisión al horror estalinista, quema de conventos, etc. Etapa a la que, gracias a Dios, Franco puso fin antes de que España se convirtiese en la república soviética que prometió el criminal Largo Caballero. Y no está de más recordar qué dijeron sobre esa etapa atroz sus sus tres padres espirituales: Ortega y Gasset, Gregorio Marañón y Pérez de Ayala. Ortega empezó enseguida a decir “¡no es eso, no es eso! Pérez de Ayala tiene frases como esta: “cuanto se diga de los desalmados mentecatos que engendraron y luego nutrieron a sus pechos nuestra gran tragedia”, se refiere a los republicanos, “todo me parecerá poco. Lo que nunca pude concebir es que hubieran sido capaces de tanto crimen, cobardía y bajeza”. Gregorio Marañón dice “mi amor a la verdad me obliga a reconocer que la República ha sido un fracaso trágico, tendremos que estar maldiciendo varios años la estupidez y la canallería de estos cretinos criminales y no habremos acabado, ¿cómo poner peros, aunque los haya, a los del otro lado?” el socialista Besteiro, dijo que los nacionales habían librado a España de aquella pesadilla. Y Azaña que, en sus diarios, está constantemente hablando de los republicanos, a quienes trata de “botarates”, de “gente ligera, sentimental y de poca chaveta”, habla de “una política tabernaria e incompetente de amigachos, de codicia y botín sin ninguna idea alta”.