La idea de hablar con los muertos ya no pertenece al terreno de los médiums ni de las supersticiones, sino al de la tecnología. En los últimos años han surgido proyectos que permiten ‘revivir’ a personas fallecidas mediante avatares digitales generados por inteligencia artificial. En Corea del Sur, un programa televisivo recreó a una niña fallecida para que su madre pudiera despedirse de ella en un entorno virtual. Más recientemente, se han presentado demostraciones en las que actrices como Marilyn Monroe o Audrey Hepburn reaparecen en anuncios gracias a la IA, con gestos y voces creadas a partir de archivos antiguos.
Todo esto, que hace poco parecía ciencia ficción, empieza a rozar lo cotidiano. El avance es fascinante, pero también inquietante. Si llegara a popularizarse, cualquiera podría ‘hablar’ con sus difuntos, pedirles consejo o escuchar frases generadas por un algoritmo que imita su modo de hablar. Sin embargo, esos seres digitales no pueden defenderse ni expresar una opinión auténtica. Lo que dicen es una reconstrucción, una ilusión emocional programada. ¿Hasta qué punto se trata de homenaje o de manipulación? ¿Quién controla lo que ‘piensan’ los muertos?
El problema no es nuevo. Desde hace décadas retocamos imágenes con Photoshop, y hoy la inteligencia artificial ha llevado esa capacidad a un nivel superior. Las redes se llenan de deepfakes: imágenes, vídeos o audios falsos creados con inteligencia artificial que imitan de manera muy realista la apariencia o la voz de una persona. Algunos se utilizan para desinformar, otros para extorsionar o humillar. Hace poco circularon imágenes de Elon Musk y Donald Trump en situaciones completamente inventadas que muchos creyeron reales. Por más que se etiqueten como fake, la mentira visual tiene una fuerza que la razón apenas consigue contrarrestar.
Estamos entrando en un territorio de arenas movedizas morales y legales. Las leyes actuales, pensadas para proteger la intimidad y los derechos de autor, no abarcan todavía la identidad digital ni la ‘vida póstuma’ virtual. ¿A quién pertenece la imagen o la voz de un muerto? ¿A su familia, a una empresa, al propio algoritmo? La tecnología avanza a gran velocidad, pero la ética y la legislación siguen siendo lentas. La posibilidad de hablar con nuestros muertos puede consolar, pero también confundir. La memoria no necesita hologramas para ser fiel: basta con la palabra. Tal vez la verdadera inmortalidad siga siendo la de los recuerdos.