Un escalofrío recorrió el cuerpo de todos y cada uno de los presentes en el acto del 30 aniversario del 112 Balears celebrado este miércoles en Es Baluard. Uno imprevisible y para el que no se puede estar jamás preparado. Una revelación. Una verdad dolorosa como una cuchilla. Un testimonio inaudito y desgarrador que no pudo dejar más clara la importancia de lo que realmente se celebraba entre las bellas paredes de roca de l’Aljub. Nadie esperaba unas palabras de tal magnitud ni un desgarro en el corazón tan imponente como el que se sintió cuando Pablo Gárriz, Director General d’Emergències, compartió la tragedia que sobrevino a su familia hace ahora diez años.
Con emoción contenida y tras varios parlamentos durante la mesa redonda en la que los trabajadores, algunos de los de siempre y otros recientes, compartieron experiencias blancas y negras; el asiento apodado como ‘la butaca caliente’, en el que se sentaban algunos miembros de otros organismos de Emergencia para interactuar junto a los componentes de la tertulia, recibía a su último invitado, Pablo Gárriz. Cuando todos esperaban que el director general, quien cuenta con una amplia trayectoria en Emergencias y Seguridad Pública, compartiera alguna anécdota de servicio; Gárriz sorprendió a los asistentes con un pequeño temblor en la voz, casi imperceptible: «El 6 de julio de 2015, de guardia y preparado con mi vehículo para atender cualquier emergencia, recibí dos llamadas. La primera me rompió el alma. La segunda era de la central del 112 informándome sobre un incidente en una piscina, un menor en código paro», narraba con una impresionante entereza y serenidad el director general. Y tras esa pequeña introducción, tres palabras. Las únicas que Gárriz pudo contestar aquel día y en aquel preciso instante a esa segunda llamada: «Es mi hijo».
Silencio absoluto en la estancia. Dolor. Lágrimas incontenibles. El pequeño no sobrevivió al incidente y falleció a pesar de los esfuerzos. «Nunca tuve la oportunidad de decirles a todos los que estaban en aquella sala, gracias en mi nombre y en el de toda mi familia», finalizaba visiblemente emocionado. Abrazos y un sentido aplauso al unísono, lleno de comprensión y apoyo hacia el director general; quien dejó clara una verdad indiscutible: Todos podemos pasar de la posición de ayudar a la de ser ayudados, refiriéndose a los compañeros que hoy en día dirige como «ángeles de la guarda».
Con sinceridad descarnada y una profunda fuerza que atravesaba las paredes desde el más allá, Pablo Gárriz describió en 30 segundos la pesadilla de cualquier padre o madre. De cualquier persona. La muerte de un niño. La realidad más cruel. Aquello que nos iguala a todos. Porque nadie, jamás, nunca, queda libre de desgracia. Y cuando esta llega, lo único que importa es estar rodeados por el amor, el respeto, el rigor y la experiencia que marcan la diferencia entre la vida y la muerte; aún sin tener nunca el poder de decidir nosotros el resultado. La llamada que a todos y a cualquiera le cambia la vida. Una sola de las más de 24 millones que el 112 ha recibido en sus treinta años de historia.
Vull aprofitar per demanar que ningú truqui en broma, quan un truca per una urgència fan tantes verificacions de que la trucada és auténtica que costa mantenir la calma quan penses que una vida està en risc.